¿Por qué vuelvo a buscarle si sé que después me sentiré peor?
Saber que volver a buscarle te hará sentir peor no siempre elimina la necesidad de hacerlo. Comprende cómo la soledad, el miedo a ser reemplazado y la búsqueda de validación mantienen el ciclo, y por qué el cambio también implica trabajar lo que sientes cuando decides no escribir.
Psic. Javier Salas Lezama
8/16/20264 min read


“¿Por qué vuelvo a buscarle si sé que después voy a sentirme peor?”
Probablemente te has hecho esta pregunta después de enviar un mensaje que habías decidido no mandar. Sabías lo que podía ocurrir: una respuesta ambigua, unas horas de cercanía y después otra vez la espera, la confusión o el silencio.
No era la primera vez. Conocías las consecuencias y aun así regresaste.
Entonces aparece el enojo contigo. Te preguntas por qué no puedes actuar de acuerdo con lo que ya sabes, por qué sigues repitiendo algo que te lastima o por qué comprender la situación no ha sido suficiente para alejarte.
La respuesta no siempre está en la falta de voluntad.
Puedes conocer perfectamente las consecuencias y continuar sintiendo una necesidad emocional que, en determinados momentos, parece más urgente que todo lo que sabes.
Saber que te hará daño no elimina lo que sientes
Una parte de ti recuerda las discusiones, la incertidumbre y las razones por las que intentaste alejarte. Pero otra parte siente soledad, miedo o ansiedad y busca una forma inmediata de dejar de sentir todo eso.
Ambas pueden aparecer al mismo tiempo.
Puedes saber que esa persona probablemente volverá a confundirte y aun así desear que te escriba. Puedes reconocer que la relación no te daba estabilidad y, al mismo tiempo, sentir miedo de que encuentre a alguien más. Incluso puedes tener claro que no quieres regresar y seguir necesitando comprobar que todavía le importas.
Esto no significa que estés fingiendo tu decisión ni que hayas olvidado lo sucedido. Significa que comprender racionalmente una situación no resuelve automáticamente las emociones relacionadas con ella.
Cuando la ansiedad aumenta, el conocimiento puede perder fuerza frente a la necesidad de encontrar alivio.
A veces vuelves por lo que esperas sentir
Quizá no estás regresando a la relación completa. Estás buscando una sensación específica.
Quieres dejar de sentirte solo. Necesitas saber que no te reemplazó. Buscas confirmar que todavía ocupas algún lugar en su vida o que la puerta no se ha cerrado definitivamente.
Cuando esa persona responde, puedes experimentar un alivio inmediato. Durante unos minutos disminuyen la incertidumbre y el miedo. Ya no tienes que imaginar si te olvidó porque acabas de comprobar que todavía existe algún tipo de contacto.
El problema es que ese alivio suele durar poco.
Después vuelves a analizar sus palabras, esperar otro mensaje o preguntarte qué significa la conversación. Si se aleja nuevamente, la ansiedad puede regresar con más fuerza. Entonces aparece otra vez la necesidad de buscarle.
Así se forma un ciclo: te sientes mal, buscas contacto, recibes alivio y después vuelves a sentirte mal.
Aunque conoces el final, regresas porque en el momento de mayor angustia recuerdas principalmente la calma inicial.
Castigarte puede fortalecer el mismo ciclo
Después de volver a escribirle, quizá te dices que eres débil, que nunca podrás soltar o que perdiste todo tu avance.
Pero la vergüenza no necesariamente te ayuda a cambiar.
Al contrario, puede aumentar el malestar que ya estabas intentando calmar. Si te sientes culpable, solo o decepcionado de ti, es posible que vuelvas a buscar a esa persona para obtener la cercanía que necesitas en ese momento.
Comprender lo que te llevó a escribir no significa justificar cada regreso. Significa dejar de mirar únicamente la conducta final y comenzar a observar lo que ocurrió antes.
Tal vez ese día te sentiste rechazado. Viste algo en sus redes. Recordaste una fecha importante. Tuviste un problema y extrañaste contarle. Llegó la noche, apareció la soledad y el silencio se volvió difícil de sostener.
El mensaje no comenzó cuando tomaste el teléfono. Empezó con una emoción que no supiste cómo acompañar de otra manera.
No se trata únicamente de evitar el mensaje
Obligarte a no escribir puede funcionar durante un tiempo. Sin embargo, si la ansiedad, la soledad o el miedo siguen sin ser atendidos, el impulso probablemente regresará.
Por eso el trabajo no consiste solamente en controlar la conducta. También implica identificar la necesidad que existe detrás.
Antes de buscarle, puedes preguntarte:
¿Qué estoy sintiendo en este momento?
¿Qué temo que suceda si no le escribo?
¿Qué espero que su respuesta me haga sentir?
¿Necesito a esta persona o necesito alivio, compañía o validación?
¿Qué otra forma tengo de atender esta necesidad hoy?
Quizá necesites hablar con alguien, escribir lo que estás sintiendo, alejarte un momento del teléfono o permitir que la emoción disminuya antes de tomar una decisión.
Estas alternativas no harán que dejes de extrañar inmediatamente. Su función es crear una pausa para que no sea la urgencia la que decida por ti.
Aprender a sostener lo que aparece cuando no regresas
Mantener la distancia puede hacer visibles emociones que el contacto ayudaba a evitar.
Cuando no escribes, aparece el miedo a que la separación sea definitiva. También puede surgir la sensación de no ser importante, la incertidumbre sobre el futuro o el vacío que quedó en una rutina organizada alrededor de esa persona.
Por eso dejar de buscarle no siempre produce paz de inmediato. A veces primero aumenta el malestar.
El proceso consiste en aprender que puedes sentir esa emoción sin tener que regresar automáticamente al mismo vínculo. Poco a poco puedes descubrir que la ansiedad sube y después disminuye, que la soledad puede acompañarse de otras maneras y que tu valor no depende de recibir una respuesta.
No necesitas hacerlo perfectamente. Incluso una recaída puede ayudarte a reconocer con mayor claridad qué parte de ti estaba buscando alivio.
Saberlo es el principio, no todo el proceso
Comprender que una relación te lastima es importante, pero a veces no es suficiente para salir del ciclo.
También necesitas trabajar el miedo, la necesidad de validación, la dificultad para tolerar la distancia o aquello que hace que perder ese vínculo se sienta como perder una parte de ti.
Si has intentado alejarte varias veces y continúas regresando, la terapia puede ayudarte a entender qué necesidad se activa y a construir otras formas de responder. No para obligarte a olvidar a alguien, sino para que tus decisiones no dependan únicamente del miedo o de la urgencia emocional.
La pregunta no es solamente: “¿Por qué sigo escribiéndole si sé cómo terminará?”.
También es: “¿Qué aparece dentro de mí cuando decido no hacerlo y qué necesito aprender para poder sostenerlo?”.
Cuando puedes acompañar esa emoción de otra manera, ya no necesitas regresar al mismo vínculo cada vez que buscas alivio.
